(F)Loto

Caí como una piedra cubierta del más grueso lodo. Descendí a lo más profundo, a lo más denso del agua. Toqué fondo, choqué con este y me dolió un kilo, vi peces buenos y vi monstruos del terror. Entonces me salieron piernas, pies o aletas, me impulsaba con ellas para poder avanzar. Casi sin fuerzas y con el barro que me arrastraba a caer, fui mirando a estos peces que me motivaban a florecer. Saltaba, saltaba bajo el agua y no lograba avanzar... Un día, cerca de donde yo estaba, un tiburón se asomaba con las espinas de una colmilleja y tal como una moraleja que alguna vez aprendí, me aproveché de la buena racha, di un salto y me agarré de las descarnadas chachas de ese pescado sin vida, así que mientras nadaba el tiburón fui subiendo con él, por suerte tenía aún mucho barro así que el pecesote no me vio. Se detuvo cerca de un arrecife, lleno de algas y de peces koi, entonces solté las espinas y me dejé caer sobre un coral. El tiburón se iba alejando y mis escamas iluminaban más y más. Compartí las más bellas aventuras con otros compañeros de viaje, nadamos por sendas oscuras, también por tierras de mi linaje. Un día al atardecer, la oscuridad más fuerte se hizo presente, perdí a dos compañeros, se fueron por sendas paralelas, pero a ninguno le seguí la corriente. Nadé en círculos durante muchas horas - o eso creía yo- hasta que a lo lejos vi como unas olas, llenas de estrellas en reflexión, me expulsaban hacia la orilla, cerca de un lugar llamado esencia, pero no estaba preparada para llegar hasta allá. De pronto me vi trasladada hacia un pozo con mucha sal, la sal era tan gruesa que mi cuerpo flotó. Sorprendida pues seguía viva, quise mirarme las aletas y me encontré con una flor. A mi alrededor vi rayos blancos y violetas, en mi centro giraba una estrella como un cristal.


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