Desperté en un prado, cuando los rayos del sol que recién se asomaba tras la cordillera, azotaban mis parpados. Sin recordar bajo que circunstancia o efecto había llegado a ese lugar, levanté mi cuerpo del césped mirando a todos lados y cuando me volteé, de inmediato vi que a unos veinte metros había una enorme casa pintada de blanco. No sé por qué, mas corrí hasta llegar a la puerta de entrada, en ella noté una placa que decía “Familia Montecinos”. Iba a tocar, pero la puerta se abrió cuando mis dedos apenas la rozaron. Ingresé en el inmueble algo asustada. Tenía un amplio pasillo, frío, tenebroso, de color burdeo, con fotografías de marcos dorados colgadas en las paredes que retrataban a personas felices en momentos felices: un día familiar en la playa, la boda de los dueños de casa y el día en que una de las hijas se graduó. Seguí caminando hasta llegar al final del pasillo, allí había otra puerta, la abrí y encontré cinco cadáveres. Horrorizada salí del lugar y al mirar mis ropas y...