El inconsciente
A veces los miedos de infancia
florecen
en los instantes más cotidianos,
es cuando me protejo de una luz violeta
y me voy leyendo en la micro
con la sensación de que soy invisible,
y me voy mirando las caras en el metro
con la sensación de no estar ahí,
y me voy riendo en el camino
con la sensación de que, no sé, a nadie le importa.
Surge de repente, desde los subterráneos,
un compilado de videotapes,
de unos gritos, unas palabras, unas cosas,
de adultos competitivos y narcisos,
de unos papeles desordenados,
de unas cáscaras de tomate,
de una grasa pegada en el sartén,
de una enredadera adentro, de cojines,
de alfombras persas, botellas de colores,
colecciones de colillas, guirnaldas,
rosarios, panfletos, boletas, facturas,
cuarzos decorativos en el living-comedor,
cosas de ese estilo, y de otros más,
como los pasillos fríos,
las anotaciones negativas, las citaciones,
los laureles en los que una tiende a quedarse dormida,
algo así surge,
me paralizo de repente.
Me paralizo,
luego lo revierto.
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