Sentir la vida
Como atorarse con el humo del caño que compartes, como la risa nerviosa al ver a tu madre vomitar, como el montón de nudos que hiciste y nadie logra desatar, como la mirada perdida frente a una mesa rodeada de gente bebiendo. Así. Así me siento. Como la sonrisa imperturbable cuando estás con él, como las carcajadas que te saca sin ningún esfuerzo, como el fulgor del espejo, como la ensalada de lechuga con huevos revueltos en agua, como la primera vez que te paraste sobre un escenario sin que nadie supiera. Así. Así me siento. Como el día que vi sus ojos pequeñitos sobre los brazos de mi hermana, como cuando trepas un mueble en búsqueda de aventuras y este te aplasta, como la soledad y el silencio inspiradores, como el hábito del saludo. Así. Así me siento. Como el agua lavándote la cara y abriéndote los ojos, como enterarse de que eso ultra jurado que no se cometería: se cometió, como una anciana cediéndole el asiento de la micro a un niño, como el queque con manjar. Así. Sí, así me siento. Como las manos secas recién encremadas, como esa cosita que pasa cuando te dan un beso apasionado, como la espera molesta de la micro que te hace caminar hasta los siguientes paraderos, como el pánico que provoca una paloma Pindi en el camino, como la piel morenita entrelazada a otra palidita, como esos pequeños gigantes sueños cumplidos... Como el montón de nudos que hiciste y desapareciste. Así -y que bueno que es- me siento. Porque siento la vida en todas sus aristas. Porque me la he recorrido de norte a sur, sabiendo que ese norte y ese sur son muy poco. Y queda tanto que sentir todavía. Pero que bueno que es sentir la vida. Hacerla propia.
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Saludos de una pasajera del blog