Tampoco me importa

Desapareciste. ¡Pum pam flash y desapareciste!, como una espinilla cubierta con pasta de dientes durante una semana o el barniz de un viejo mueble. Pero yo no, ni me escabullo entre la gente, ni me escondo bajo la alfombra. Yo me quedo acá aunque me vea igual de ridícula que una carretilla mojada y oxidada por la lluvia e igual de pequeña e insignificante que una miga de pan, aunque me sienta casi tan tonta como los que compran aparatos digitales modernos en el paseo ahumada. Es que me encariñé con un personaje de caminar tranquilo, que escondía sus fascinantes manos en los bolsillos, el guapo envuelto con cueros, mezclillas, bototos y remaches… Qué más da

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